Ricardo Arispe. Por Armando Coll

Autor(a): Armando Coll.
Año: 2019

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RICARDO ARISPE

1980

 

«El plano se me queda corto» 

Nace en Carora, estado Lara, en 1980. En su ciudad natal se vincula tempranamente con el hecho fotográfico, a través de su tío que ejercía el oficio. Estudia Diseño y se gradúa en la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado en el Decanato de Ciencias y Tecnología. Es autor del libro #Somos #Resilientes, compuesto por veinticuatro retratos de personas enmascaradas. Hoy es reconocido como fotógrafo, investigador de la imagen y artista multimedia. Arte, tecnología y conciencia política concurren en un discurso de consistente continuidad.

A mediados de la década de los ochenta, en Carora, Ricardo asistía divertido al foto-estudio de un tío político de su madre. Terminada la jornada de clases se aparecía en el local: «Era muy divertido, porque todos los días, después de que me bañaba, el tío me llamaba a su estudio y me hacía una foto tipo carnet. Eso lo hicimos durante un tiempo largo mientras yo crecía. El propósito final de esa suerte de experimento visual nunca lo supe. Hoy me río porque yo era un proyecto fotográfico que él estaba desarrollando y yo no lo sabía».

Ricardo Arispe nació en la ciudad larense en 1980, donde siempre tuvo la fotografía cerca, aunque fuese algo después que descubriera en el registro de imágenes un destino profesional y artístico: «Desde que era chamo, en casa la fotografía estaba presente. Mi papá tenía cámara. Yo hacía fotos con él». 

La fotografía, desde que se produjeran los primeros prototipos de Talbot y Daguerre, es parte del hogar. Pero, antes del advenimiento digital y los dispositivos móviles, disparar la cámara era un ritual demorado y hasta solemne. A la emoción de la obturación del instante de la familia reunida, seguía la espera: el revelado. Y ese espíritu de la imagen se manifiesta en el proceso creador de Arispe hasta hoy. 

«Recuerdo una cámara de las que llamaban disk», rememora el fotógrafo. «Era un modelo Kodak que traía el negativo en un disquito que daba vueltas. Para la época y en Carora era como tener una Leica de las de ahora, je, je. Además, era como del tamaño de una billetera, una cosa muy rara. Y, claro, hacía fotos de los paseos, de la playa, y demás. Desde luego no tenía mayor conciencia de lo que es la fotografía o de que algún día yo iba a ser fotógrafo. Mi primera cámara me la regalaron para hacer un trabajo del colegio cuando yo tenía como diez años. Era una Agfa 120 de esas que traían el negativo en un cartuchito como con dos orejitas».

Carora es una ciudad muy singular. Emplazada en medio de una naturaleza áspera, xerófila, reino de inclinados cujíes, alumbrada por inclemente sol, no obstante el sopor de los días, ha sido habitada secularmente por una sociedad muy activa y auspiciosa al desarrollo de las artes y el saber: «Fui músico de chamo, toqué vientos, clarinete y oboe. Hice un par de años de violín. Carora es muy propicia a la actividad cultural y eso ejerció un influjo sobre mí. La luz desde luego que se queda en tu retina para siempre y ni hablar de los crepúsculos. No los verás así en ninguna otra parte. Y mira que yo he viajado». 

Es una ciudad en la que un niño tiene un tío, dueño de un local en el que hace fotos tipo carnet, de pasaporte y demás trámites, pero en el fondo de su estudio, en el secreto del cuarto oscuro, se entrega al propósito de buscar algo más allá en el negativo y los químicos.

“ Cómo podemos saber hacia dónde vamos si no sabemos de dónde venimos “

YO VENGO DE CARORA Pese a crecer en un entorno así, en una pequeña ciudad recorrida en las tardes por los niños músicos de la primera orquesta infantil fundada en el país, Ricardo se decidió por estudiar una carrera tecnológica, pero el daimon de la fotografía apareció nuevamente a causa de un acontecimiento más bien adverso: «Cuando salgo de Carora para estudiar en la UCLA (Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado) en Barquisimeto, me encuentro con uno de esos paros durísimos y me quedé como preguntándome qué hacía mientras la universidad abría de nuevo. Mamá me dijo, entonces, que por qué no estudiaba algo mientras la universidad volvía a funcionar. Y comencé a estudiar Diseño en el Cidig (Centro Instituto de Diseño Gráfico) y ahí me decanto por la fotografía. Cuando empiezo a estudiar Diseño tuve una cámara normalita de 35 mm. Y por entonces hice un proyecto con cámaras desechables. De estas que uno compraba y hacías la foto y entregabas la cámara para revelado y adiós. Esa es mi primera aproximación a la fotografía autoral». 

«En el instituto de diseño solo me faltó culminar un trabajo de grado, porque me concentré en la carrera de tecnología informática. Y comienza un período en el que me dedico al trabajo corporativo en el área tecnológica y me olvidé un poco de la fotografía. Pero me compré una primera cámara digital HP de un megapíxel, que para la época era un avión. Estoy hablando del 2000, 2001. Hoy en día, tú ves una foto de esa cámara en un teléfono inteligente y sale diminuta porque la resolución es muy precaria. Fue el primer paso hacia lo digital. Yo cargaba la cámara más que todo para hacer fotografías de la familia, de reuniones, ya sabes». 

«La fotografía no necesariamente es un fin cuando emprendo un proyecto creativo. Estoy haciendo mucha impresión 3D, muchos volúmenes, intervengo cosas, me apropio de cosas, reinterpretaciones, se trata de la fotografía vista de un modo más contemporáneo, menos clásico. El plano se me queda corto. Empiezo a necesitar otras cosas: texturas, volúmenes. Aunque siempre van a ser imágenes, indistintamente de que tengan tres dimensiones, que utilicen medios mixtos, etc.». 

Mientras concede el testimonio, el artista no detiene el quehacer. Raya un detalle en una pieza que alguna vez fue una foto y mejor es no preguntar por ahora. Mientras, sus dos hijas lo rondan silenciosas y lo asisten; buscan un creyón, un objeto que él desea observar. Las dos niñas participan activamente en los proyectos del padre, quien no se detiene. No cesa en concebir proyectos y llevarlos a cabo. La formación tecnológica lo impulsa hacia la efectividad, a un ritmo de trabajo planificado, que fluya sin interrupción.

TRASCENDER EL PLANO

Asoma así, en el relato del artista, algo de su poética, la actual. Al decir «el plano se me queda corto» está rozando el límite de la fotografía: lo bidimensional y sus recursos representativos. Es un desafío que requiere reflexión y contemplación antes de ponerse manos a la obra. El resultado podría resultar en un desbordamiento deformante y artificioso. 

Al subir al segundo piso de la Biblioteca de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, sorprende un lienzo de gran formato: 83 cm x 240 cm. El ojo tarda un instante en elaborar que se trata de una versión libre de las representaciones pictóricas de La última cena con una variación del título: The Last «Guarimba»,

en alusión a las barricadas, así llamadas en Venezuela, que cundieron las ciudades en los diferentes levantamientos civiles de los últimos años. Once personajes ocultan los rostros con máscaras antigás, ante la mesa, que no muestra el frugal condumio de Jesús y los apóstoles, sino diferentes iconos referidos a la confrontación, que no es solo la acción violenta en las calles, sino que acontece en lo profundo del imaginario de una nación, un choque simbólico. Ante la mesa, se amontonan sacos de arena de los empleados en las trincheras y un último personaje, en segundo plano y de espaldas, se topa con una puerta cerrada, el letrero sobre el umbral indica: «Salida». La obra se corresponde con el ánimo del momento. El año más cruento de enfrentamiento de manifestantes con las fuerzas represoras ha sido el 2017.  La pieza de Ricardo Arispe coincide con el apaciguamiento de los choques de calle y una nueva frustración para la gente, con un costo en vidas elevado, más los presos, los que quedaron impedidos por una bala o una bomba lacrimógena. 

«En ocasión del salón Jóvenes con FIA hace un par de años, me invitan a participar. Yo estaba en una transición más fuerte que la de ahora», comenta la obra su autor. «Desde hace unos siete años para acá, adopté la máscara antigás como símbolo. No por lo que representa en el contexto de la protesta. Es simplemente un símbolo del “a pesar de… yo sigo y resisto”. Luego, la gente hace las lecturas que mejor le parezcan. En ese salón de Jóvenes con FIA, hice una representación de La última cena. Si bien es cierto que toda la base de esa obra es la fotografía, se trata de una imagen que yo construí como collage digital. Me apropié, por ejemplo, de piezas de un fotógrafo amigo y admirado, Juan Toro, quien posa para una de las fotografías empleadas, además. Para efecto del espectador es una foto, pero para mí es un collage». 

«Esa obra para mí fue el cierre de un ciclo. Ahí están las imágenes y símbolos que venía trabajando como en un compendio: el fondo es Chernóbil, está la máscara, los billetes que yo intervine. La produje en el momento en que las protestas de calle del 2017 se calman y los personajes de la composición representan diferentes actores políticos y sociales de aquel instante histórico». 

La máscara antigás y Chernóbil, la estigmatizada ciudad, son dos apartes en la obra de Ricardo Arispe.

SOMOS RESILIENTES 

Un libro en formato de un octavo aproximado, un objeto de arte en sí, muestra una serie de personas, una en cada página, todas con el rostro oculto por la máscara de gas. La que abre la pieza es de su hija menor, con la máscara y una inyectadora en la mano: «Ese día la diagnosticaron con diabetes tipo 1 y esa fue la gota que derramó el vaso. Porque en este país en el que el tema de la salud es tan sensible, una cosa es que te lo cuenten y otra que lo vivas». 

El libro se titula #Somos #Resilientes y recoge retratos de personas enmascaradas que el fotógrafo venía obturando antes de las protestas. La máscara antigás como símbolo de resiliencia, de ese «a pesar de… yo sigo haciendo algo». 

«Me interesa la gente que hace cosas a pesar de lo que está ocurriendo. La gente que está ahí es gente que sigue haciendo cosas por los demás aun cuando esté igual de mal que todos. Son ciento veinticuatro retratos». Insiste el autor sobre el significado del icono de la máscara antigás: «Empecé a disparar las fotos con la máscara antes de que comenzaran las protestas, pero llegado el momento, las que había subido a la red se viralizaron y adquirieron nuevo significado»

VIAJE A LA ZONA 

Una serie de la cadena HBO ha revelado para las nuevas generaciones la palabra Chernóbil, ciudad de Ucrania en la que tuvo lugar la ahora recordada catástrofe nuclear, el mayor desastre que se conozca causado por el hombre. Corría el año 1986, tres antes del derribamiento del Muro de Berlín, y la fragmentación del llamado socialismo real. Ricardo era solo un niño de Carora: «De niño la catástrofe tuvo gran impacto en mí. No comprendía lo que pasaba, pero me daba cuenta de que era algo muy grave. Entendía que había una conmoción, entendía las caras que veía en la televisión, los mensajes en un idioma desconocido para mí pero que me alarmaban. Pero ya sabes, cuando uno es niño no te dicen. Ahora sé que la Unión Soviética procuró ocultar las dimensiones de la tragedia y que estuvimos a nada de que hubiese otra explosión que habría destruido Europa y la nube de polvo radiactivo habría acabado con la vida en el planeta»

«Quise ir a Chernóbil en el marco del aniversario número treinta de la catástrofe nuclear. Emprendí la aventura completamente independiente y con mis propios recursos. Todos mis proyectos son autoproducidos, mis libros son autoeditados, también porque muchas veces la gente no me lleva el ritmo. Yo suelo trabajar bastante rápido. Y en la Venezuela de hoy, todo el mundo tiene una excusa, todo el mundo se para. Y a mí eso no me funciona. Cuando decidí incursionar en Chernóbil por supuesto aproveché para hacer algunos trabajos para medios de afuera. Pero se trataba de un proyecto muy personal que terminó en un libro. Siempre estoy yendo y viniendo de la fotografía, porque mi trabajo plástico siempre parte o termina en una foto. Desde entonces fui alimentando una curiosidad creciente hasta que tuve la oportunidad de ir al lugar».

Luego de trámites demorados y un periplo tortuoso, Arispe f inalmente puso pie en Chernóbil. Las fotos dan cuenta del recorrido hecho por el venezolano guiado por una suerte de stalker (en referencia al clásico del cine de Andrei Tarkovsky, una película de 1979 que se antoja profecía del desastre de Ucrania) a la temida, lúgubre zona donde aún persisten los indicios apocalípticos: una foto en particular muestra lo que pareciera fue un parvulario, los signos de la infancia quedaron ahí suspendidos, ruinas perennes bajo el polvo.

«Llegamos a un lugar donde el guía me dijo: entra tú solo. Era un lugar contaminado por radiaciones gamma, que solo el plomo repele. Pero depende del tiempo de exposición. El tipo me dijo entonces: “No debo entrar más, me he expuesto demasiado. Ve solo, tienes quince minutos”». 

Muestra la foto: «Esta es una de las que hice en ese lugar. Ya había oscurecido. Ahí, en invierno, oscurece como a las tres de la tarde. Usé un ISO súper forzado a 3000 y pico». 

«Cuando llegas a Chernóbil te das cuenta de muchas cosas que no ves desde afuera. Una vez ahí, tienes que preguntarte qué viniste a hacer. Porque lo que hay es una ciudad ahí, y el visitante debe tener un propósito. Luego cuando pones un pie ahí, lo primero que te viene a la mente es todo lo que te han dicho: cuidado con el frío, cuidado con la radiación, cuidado y te come un lobo».

Los disparos fotográficos de esa incursión en la oscuridad de un desastre que puede parecer remoto culminaron en una realización editorial. Un foto-libro del que se imprimieron quinientos ejemplares, ciento cincuenta de ellos firmados y numerados. Se titula 30 años después de Chernóbil y lleva un texto de Marcel del Castillo. 

Entre el montón de objetos, materiales diversos, pinturas, fotografías y bocetos sobre mesas y anaqueles, que hacen el ámbito del estudio, Arispe encuentra súbito un ejemplar del libro, con la particularidad de estar intervenido por el talentoso artista plástico José Vivenes, quien, entre sus líneas de investigación visual y creación, tiene la de plasmar grafismos sobre volúmenes impresos. En este caso, el fotógrafo buscó la colaboración de otro creador para superar el plano, ese que siente que lo limita, y lo impele a buscar una posibilidad más allá del encuadre. 

RUPTURA CON EL PAISAJISMO 

Tras egresar de la universidad, vienen unos años en los que Arispe se aleja de la fotografía para dedicarse de lleno al campo tecnológico y corporativo. Le iba bien, viajaba, no paraba de trabajar en nuevos proyectos. Pero no tardó mucho un nuevo punto de giro para que regresara a su arte. 

«Llega el paro petrolero del 2003. Y en medio de esa situación salgo asqueado del mundo corporativo. Después de tanto trabajo ahora viene la política a dañarlo todo. Yo estuve entre ese montón de gente que salió de Pdvsa. Como a muchos otros empleados de la industria, me tocó empezar a trabajar afuera. Estuve en Estados Unidos, luego en Argentina, orientado siempre hacia las áreas de energía y siderúrgica. Tenía un ritmo de trabajo muy fuerte y conocí a quien hoy es mi esposa, Geraldine. Casualmente, ella estaba estudiando fotografía. Vivíamos en Anaco. Y así empecé a andar con una persona que hace fotografías. Ya sabes, de pronto se para en una esquina, espera la luz adecuada, dispara, busca otro ángulo. Y mientras, yo miraba. Esa era nuestra rutina. Un buen día le dije a Geraldine: “Ya vengo, voy a buscar un baño”. Lo que hice fue meterme en una tienda y comprarme una cámara. Y nos pusimos a hacer fotos los dos. Ese fue mi regreso a la fotografía y para quedarme. 

Hoy por hoy, mi esposa no hace ni una foto. Y yo me quedé con ese paquete. Para mí fue también terapéutico. Porque venía de un ritmo de trabajo muy fuerte, viajaba mucho, vivía montado en un avión. Y en algún momento me dije, oye, tanto viajar y no tengo ni una foto de nada. Volví a la fotografía, el diseño y el arte y me decanté más hacia eso que hacia la tecnología. Hoy sigo entre los dos campos. Pero soy muy selectivo para mis proyectos tecnológicos, los hago porque quiero». 

En aquella época que recién se liberaba de la avasallante corporación, Ricardo comenzó a obturar en blanco y negro. Le resultaba técnicamente más manejable. 

«Me dediqué mucho al paisaje y a lo antropológico y en blanco y negro. Con el tema antropológico me decepcioné porque cuando uno busca la fotografía en ese campo de las tradiciones populares trae en la cabeza una cosa que no es. Un episodio en particular me produjo rechazo: en una fiesta equis de raíz popular, prefiero no mencionarla, me acerqué a uno de los que bailaba, un miembro de lo que llaman cofradía. Y uno se imagina un individuo con mucha mística por conservar esa tradición y el tipo dijo simplemente: “Mira, yo realmente no sé nada de esto. Cuando llega la fiesta, me disfrazo, bailo y después me caigo a palos con los otros”. Para mí eso fue un resumen del país que estamos viviendo, muy decepcionante. Y ese fue mi primer alto en el camino, en el que me cuestioné lo que estaba haciendo con la fotografía. Y sobre el país también: cómo podemos saber hacia dónde vamos si no sabemos de dónde venimos».

¿QUÉ ESTAMOS HACIENDO NOSOTROS? 

El discurso visual, tramado a lo multimedia, se puede apreciar en la página web que mantiene el fotógrafo, www.ricardoarispe.com. Y si el recurso y la técnica son diversos, no obstante, la trama se sustenta bien en signos recurrentes que dan cuenta no solo de la metafísica de un autor, sino de la mirada a una realidad que no es posible ignorar: la lectura política es inevitable, en un abordaje que no claudica a la exploración estética. Clips de videos, slide shows, textos, nutren el sitio con las insistencias icónicas del artista: la máscara antigás, los billetes de bolívares intervenidos, objetos que remiten a la protesta y a la resiliencia de la gente ante un entorno que impacta sin tregua, otorgan una consistente continuidad. 

«En el año 2010, más o menos, iba saliendo de viaje. Y mi hija mayor, que en ese entonces tendría seis años si acaso, me detiene a la salida y me pregunta si el presidente es bueno o es malo. ¿Qué le dices a una niña pequeña que pregunta eso? Traté de darle la vuelta a su inocencia y le dije bueno, hay cosas con las que no estoy de acuerdo, pero… Y ella insistió: “Si hace cosas con las que no estás de acuerdo entonces es malo”. “Está bien, es malo”, le dije, y ya. Y vuelve ella: “Si es malo ¿qué estamos haciendo nosotros para que no siga?”. Ese fue el crash de mi cambio de discurso en la fotografía y el arte. Entonces, todo lo que era paisaje, antropología y demás lo eché a la basura y comencé a trabajar en tres ejes temáticos que son los que hoy me ocupan: uno es el poder; el otro es el impacto del hombre sobre el hombre, pero visto en plano y contraplano, desde el ángulo del que pisa y el del que es pisado; y la política». 

Cuando dice política se refiere a la iconología de lo político, los símbolos y los clichés, que en su discurso visual devienen silenciosa parodia, delatora de la ausencia de significado de lo que se entiende como política. 

«El abordaje siempre fue fotográfico. Aunque siempre van a ser imágenes, indistintamente de que tengan tres dimensiones, que utilicen medios mixtos, etc. Me aparté del documentalismo y me fui a lo experimental. Pero, para mí, siguen siendo imágenes. Cuando doy con un tema que puede ser de mi interés lo documento y me lo traigo como un archivo personal para emplearlo en un proyecto que después pueda conceptualizar. Es un insumo para mi trabajo plástico, experimental, como quieran llamarlo».

LOS GRISES DEL COLOR

Quien vea la obra reciente de Ricardo Arispe y sus proyectos multimedia, no se remitirá nunca a aquel paisaje larense que vio al artista crecer. Desde luego que ese ámbito sirvió como primera visión del mundo, pero hoy por hoy no parece determinante. No obstante, advierte el fotógrafo que en Carora los colores son distintos. Y sobre todo en su caso personal.

«El verde en Carora es distinto. El tema de los verdes para mí es complejo, porque, hasta los dieciocho años, no sabía que tenía discromatopsia, una mutación del daltonismo. No veo ni las degradaciones de verde ni las de azul. Las veo grises. Los verdes de Carora, los cujíes, por ejemplo, no son verdes puros, por la sequedad del clima y, al ser una degradación, para mí son grisáceos. La gama que hay entre azul y verde, no la veo. Empiezo a hacer fotografía en blanco y negro. Pero luego aprendí a leer los grises y así me relaciono con el verde y el azul. Mi hermano me echa broma, porque dice que yo veo como un perro. Una vez que empecé a entender cuál gris es cuál verde, comencé como ejercicio a trabajar el color. Y dejé de trabajar el blanco y negro, porque el color con esa dificultad me resulta mucho más divertido».

SABER EL ORIGEN

«¿Qué sucede con lo digital? Nacer en digital tiene el problema de que nunca terminas de entender el proceso de revelado. El no saber cómo se hacía antes impide sacar el mejor provecho de lo digital». Esta, una premisa de quien de niño tuvo la experiencia del cuarto de revelado, donde un tío, guantes mediante, le enseñó a cuidar el negativo entre el aroma de los químicos, y donde asistió a la revelación de la foto: bajo el líquido, el papel sensible deja ver poco a poco la imagen registrada. Es la emoción de la espera por el resultado.

«En algún momento me dije voy a volver a lo análogo, porque siento que el digital no me da. Y empiezo a experimentar mucho, a revelar y a retomar la disciplina del taller. Lo digital no te exige disciplina, tiene otra dinámica. El nativo digital se confía mucho en que todo lo puede corregir después. Pertenezco a una generación que está en el medio, entre los fotógrafos de antes que rechazaban lo digital y les parecía el diablo, y los nuevos que no quieren saber nada de película. Ahora en un teléfono tienes todos los filtros y todos los procesos de revelado ahí. Esa facilidad afecta la eficiencia. Si tú no vienes del mundo analógico, disparas así sin más. Cuando viajo con mis alumnos para hacer fotografía veo el problema: de repente viene uno y me dice que hizo cinco mil fotos, cuando yo he hecho como veinticinco. Entonces no se educa el ojo. El que hace cinco mil fotos no vio nada de lo que registró, es como una metralleta. Hay que ver lo que es luego revisar cinco mil imágenes. Es para volverse loco. No hay disciplina. El hecho de disparar en analógico te enseña a pensar, te enseña a economizar el recurso».

Al fotógrafo le preocupa que en la era digital todo viene dado, al menos en apariencia, y cualquiera cree que basta un software o una simple app. Se pierde el sentido de la duración, de la espera, del tiempo para la reflexión; todo es inmediato y se vive el espejismo del tiempo real; no hay pasado y el futuro es ahora.

«Para romper o superar una regla hay que entender el proceso desde el origen», enfatiza Arispe, mientras raya con creyón la pieza que tiene ante sí. «Si tú no sabes de dónde viene esa regla o por qué existe, ¿cómo vas a romper con algo que no conoces? Y eso aplica a toda la sociedad y la cultura actual, no hay ningún vínculo con el origen. Lo vemos al transitar la ciudad. ¿A cuántas obras no les han echado encima una pintura que no se corresponde con el color original? Pasa hasta con la llamada cultura urbana. Hay grafitis que tienen valor, que se convierten en una referencia, y un buen día los borran de un brochazo».

Ante el brochazo desaprensivo que borra el pasado, con dominio de la tecnología actual y capacidad de adaptación a la innovación constante, resiliente, Ricardo Arispe procura el mejor resultado de todas las posibilidades de la imagen.

 

Armando Coll
Nuevo país de la fotografía
2019

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