Podemos asumir el retrato como una negociación o, más bien, como un pacto mediado por la cámara en el que el fotógrafo y fotografiado acuerdan pautas y alternan el control. Más allá de las poses y los instantes, la singularidad de cada retrato reside en el gesto decisivo y las discretas señales que capta la esencia y se convierte en expresión de un sujeto, un momento o una condición, reafirmando que: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” (José Ortega y Gasset). No se trata, por supuesto, de una excusa, sino de una responsabilidad con nuestras circunstancias, entendidas literalmente como lo que está a mi alrededor, “circum-stancia”, lo que me circunda.
Entender el contexto implica asumir que el entorno tiene un peso en nuestras vidas, no se puede obviar. Es carga o redención. La procedencia, los conflictos y la identidad perfilan nuestra realidad. Su impacto e influencia no son desestimables, especialmente, en situaciones en las que ser activos no es una opción sino, más bien, una decisión y, en consecuencia, una actitud ética frente al poder.
A partir de estas vinculaciones se hilvana un ejercicio creativo y cuestionador que parte de la imagen 56 f ija pero estimula la acción. A través de la fotografía se toma posición ante un lente que observa y registra. Se mira de frente, se toman riesgos y se asumen posturas. Se interroga, se examina, se congrega… pero, sobre todo, se identifican voluntades que mutan en acciones, desafiando la quietud y el adormecimiento de nuestros sentidos, el letargo de quienes quieren sumirnos en la impotencia, el conformismo, la resignación… la derrota.
Ser activos es negarse al desaliento, construir puentes, fabricar alternativas. Es lo que hacen los retratados de la serie Activos, cada uno desde sus espacios y circunstancias. Intuyen, imaginan, resisten. Defienden lo que es consustancial al ser humano, los derechos fundamentales, las garantías irrenunciables.
Activarse es rechazar la inacción, por eso este libro es, en sí mismo, una acción que parte de la imagen y se dinamiza con el reconocimiento de aquellos que, como todos, deben protegerse, resguardarse, de quienes han ensanchado su círculo de cuidados y preocupaciones extendiendo la búsqueda de protección más allá del ámbito doméstico o familiar, pues han visto el riesgo no solo en el amigo o el vecino, sino también en el rostro de los desconocidos, en ciudadanos anónimos que, como tú y como yo, pueden ser alcanzados por la violencia, por el abismo que amenaza con engullirnos, por las carencias que nos vulneran, por los daños directos y colaterales, las heridas visibles e invisibles que hacen estrago y cuyas marcas perduran más allá del aguijonazo inmediato.
Este libro es, además de un aliado necesario para la memoria, un reconocimiento a la ciudadanía y una invitación a activarnos, a dejar de esperar héroes o mesías, a pasar de ser espectadores a protagonistas. A comprometernos con el momento que nos tocó vivir, conscientes de que para salvarnos a nosotros debemos salvar nuestras circunstancias.
Los activos no dejan cicatrices, sino testimonios. Su lucha no es violenta, aun cuando es consecuencia del ataque y la agresión del poder. No se victimizan. Trabajan para evitar repeticiones y omisiones. Los activos entienden la fuerza de lo colectivo, la necesidad de respetar la diversidad y la dignidad humana. Se identifican entre sí. No son pocos, como se nos ha querido hacer creer. Se multiplican, precisamente, desde las acciones, las dinámicas colaborativas y el aprendizaje compartido. Aportan en distintos ámbitos. Son personas de carne y hueso, se cansan, lloran, gritan. Luego, se levantan y siguen, una y otra vez, a veces reconociéndose frágiles o vulnerables, como muchos, como todos… otras, asentados en la firmeza de sus convicciones y su inquebrantable voluntad. Ven su reflejo en el retrato de la historia, en la esperanza de justicia y libertad que solo desde la acción se puede concretar.
Johanna Perez Daza
2023








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