El creador de “Paisaje expandido [Botanik]” desmonta los mitos y las verdades de la IA aplicada al arte


En la foto que ilustra esta entrevista, Ricardo Arispe (Barquisimeto, 1980) aparece con la imagen de Nueva York a su espalda. En la imagen real, posa frente a un fondo completamente negro. Esto resume, en primer término, lo que este artista se propone lograr con las diferentes disciplinas con las que ha trabajado: la fotografía, el video y las obras transmedia: observa y construye realidad. Su creación, además, ha estado ligada a las instalaciones, los sistemas interactivos, los datos, el sonido, los archivos, los dispositivos tecnológicos y las experiencias inmersivas, “porque la realidad contemporánea ya no ocurre en un solo plano ni en un solo lenguaje”, dice. Trabaja también con inteligencia artificial.
“Mi interés nunca ha sido ‘usar IA porque está de moda’ o simplemente generar imágenes sin sentido, sino entender qué ocurre cuando sistemas artificiales comienzan a interpretarnos, reconstruir o proyectar el mundo; incluso qué pasa cuando les transferimos parcialmente la posibilidad de ser ‘autores’, de crear cosas en conjunto, de dejar de ser una simple herramienta banal”, afirma el autor de Paisaje expandido [Botanik], presentada en el Centro Cultural de Arte Moderno.
“En Botanik, por ejemplo, la IA no aparece solamente como una herramienta generadora de imágenes. Forma parte de un ecosistema más amplio donde sensores físicos conectados a vegetación local, datos climáticos, comportamiento ambiental, sonido y distintos sistemas algorítmicos producen una obra que está constantemente mutando. Allí me interesa preguntarme: ¿Qué significa hoy el paisaje?, ¿qué es la percepción?, ¿qué entendemos por naturaleza cuando gran parte de nuestra experiencia del mundo ya está mediada por sistemas técnicos, software, algoritmos y máquinas?”.
-La preocupación conceptual que atraviesa todo mi trabajo -desde la fotografía hasta la IA-, sigue siendo la misma: el poder, la política, la memoria, el territorio y la transformación de lo humano. Más recientemente, especialmente después de la pandemia, también me interesa cómo la tecnología altera nuestra percepción de la realidad”, explica Arispe.

Paisaje expandido [Botanik] se presentó por varios meses en el CCAM y también se expuso en Miami (CORTESÍA)
-Por ser un fenómeno reciente, las discusiones sobre la combinación de arte e IA están en pleno desarrollo. Pero para algunos, esa confluencia representa el fin de la creatividad humana. ¿Qué piensa al respecto?
-Creo que esta discusión muchas veces parte de un error: asumir que la creatividad humana reside únicamente en la ejecución técnica de lo que se hace. Crear es mucho más que el oficio. La obra no es solamente el objeto final; es todo lo que existe detrás de él.
“La creatividad humana -agrega- no desaparece porque aparezca una nueva herramienta. Lo que cambia es la relación que tenemos con los procesos de creación. Pasó con la fotografía, pasó con el cine, pasó con el video digital y ahora está pasando con la inteligencia artificial. Y si nos vamos más atrás, ocurrió también con la imprenta, la electricidad, el motor o Internet.
“Cuando apareció la fotografía, muchos pintores pensaron que la pintura había muerto porque una máquina ahora podía representar la realidad con mayor precisión. Y ocurrió exactamente lo contrario: la pintura se transformó. Buena parte de los movimientos posteriores y gran parte del arte contemporáneo nacieron precisamente como consecuencia de esa crisis. Con la IA está ocurriendo algo similar, aunque mucho más radical, porque ya no hablamos solamente de una herramienta visual o mecánica, sino de sistemas complejos capaces de procesar lenguaje, imágenes, sonido, comportamiento humano y estructuras culturales completas de manera muchísimo más eficiente que nosotros.
“Y además hay algo inquietante: probablemente es la primera vez en la historia de nuestra civilización que convivimos con algo a lo que comenzamos a atribuirle características que antes asociábamos únicamente a lo divino. Por un lado, cierta forma de omnipresencia, porque la IA está prácticamente en cualquier lugar donde exista conexión a Internet. Y por otro, una especie de conocimiento acumulativo casi absoluto, porque consume y reorganiza constantemente enormes cantidades de información producida por la humanidad.

Uno de los dilemas que plantea la IA, según Arispe, es la determinación de la autoría de una obra (CORTESÍA)
“Ahora bien, yo sí creo que existe un peligro real, pero no necesariamente ‘el fin de la creatividad humana’. El verdadero riesgo es la automatización de la imaginación y la homogeneización estética. Hoy vemos una enorme cantidad de imágenes hechas con IA que son técnicamente impresionantes, pero conceptualmente vacías. Allí no hay pensamiento, experiencia humana, conflicto, memoria ni riesgo. Solo hay producción acelerada de estímulos visuales.
“Para mí el problema nunca ha sido la herramienta, sino la intención y la profundidad con la que se utiliza. La IA puede convertirse en una fábrica infinita de banalidad visual o en una herramienta extremadamente poderosa para cuestionar cómo pensamos, cómo percibimos y cómo construimos realidad.
“Además, hay algo importante: la IA no surge fuera de lo humano. Está entrenada con millones de imágenes, textos, sonidos y decisiones producidos por nuestra propia cultura. En cierto sentido, estas inteligencias artificiales funcionan como enormes espejos estadísticos de la humanidad. Lo inquietante es que ahora ese espejo también comenzó a respondernos (…). Si alguien utiliza estas herramientas sin pensamiento, sin concepto y sin profundidad, el problema no es la tecnología”.
-El arte creado con un algoritmo generativo pareciera tener ahora el mismo impacto que tuvo en su tiempo el urinario de Duchamp. Desde esta premisa, ¿qué es para Ricardo Arispe el arte? ¿Piensa que se debe redefinir este concepto?
-El problema no es que la IA obligue a redefinir el arte, sino que vuelve a poner sobre la mesa preguntas que realmente nunca terminaron de resolverse desde Duchamp para acá. Cuando Duchamp coloca un urinario en un museo y lo convierte en obra, lo que hace no es solamente provocar. Lo que hace es desplazar el centro de gravedad del arte: el arte deja de depender exclusivamente del virtuosismo técnico o de la belleza formal y comienza a depender también de la idea, del contexto, de la intención y de la capacidad de producir una ruptura cultural o perceptiva.

-Esta pregunta es muy importante porque toca un problema muy actual: hoy existe una enorme cantidad de experiencias inmersivas que son visualmente espectaculares, pero que muchas veces funcionan únicamente como entretenimiento tecnológico o como decoración expandida. Para mí la diferencia está en que Botanik no nace desde la intención de “ambientar” un espacio, sino desde la necesidad de construir una reflexión sobre la relación contemporánea entre naturaleza, tecnología, percepción y sistemas artificiales.“Botanik no intenta representar la naturaleza de manera romántica. De hecho, en cierto sentido, habla precisamente de la desaparición de una experiencia ‘pura’ del paisaje. Hoy gran parte de nuestra percepción del mundo pasa por satélites, sensores, cámaras, algoritmos, simulaciones climáticas y sistemas automatizados. Incluso muchas veces conocemos más el planeta a través de interfaces tecnológicas que mediante contacto directo. La obra realmente no trata sobre plantas, pantallas o imágenes generadas por IA. Trata sobre la forma en que percibimos el mundo hoy en día”, riposta Arispe.-¿En qué proyectos está trabajando?
-En este momento estoy trabajando simultáneamente en varias líneas de investigación y producción que, aunque parecen distintas entre sí, en realidad forman parte de una misma preocupación: cómo la tecnología está transformando nuestra percepción del mundo, de la memoria y de lo humano.
Por un lado continúo desarrollando Botanik, estamos trabajando en nuevas presentaciones dentro y fuera de Venezuela, además de expandir el sistema técnico y conceptual de la obra, incorporando nuevas capas de interacción, sensores, comportamiento ambiental y procesos algorítmicos vinculados al paisaje y a la interpretación artificial de datos naturales.“También continúo desarrollando investigaciones vinculadas a ColectiBot, que funciona como un ecosistema de inteligencias artificiales concebidas específicamente para operar dentro de procesos culturales y artísticos. Allí me interesa no solamente utilizar IA para producir imágenes, sino preguntarme qué ocurre cuando los sistemas artificiales comienzan a ocupar roles tradicionalmente humanos dentro del arte: crítica, curaduría, producción simbólica, interpretación o incluso autoría.“Al mismo tiempo estoy trabajando en Toro, un proyecto hermano de Botanik mucho más conectado con el territorio venezolano, la memoria rural y las transformaciones contemporáneas de los llanos. Allí estoy combinando fotografía, archivo, música, video, inteligencia artificial y registro sonoro para pensar cómo sobreviven —o mutan— ciertas relaciones entre cuerpo, paisaje, trabajo, animalidad y tecnología”.Juan Antonio González
El Universal
Mayo, 2026
